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Sí lo sé, no se me ha visto el pelo, no fui ni a la asamblea del club, pero es lo que pasa cuando se está genuinamente enfermo. Todo empezó un bonito día de febrero cuando intentamos subir Peña Ubiña con los esquís. Folgado, Sonia y el menda cargaron con las tablas en la mochila hasta reventar la espalda, para al final disfrutar de una breve subida y de una, aún más breve, bajada. No sólo no pudimos hacer cima sino que ya fui cultivando una fiebre muy curiosa hasta que mi cuerpo dijo basta. De vuelta para casa me encontraba bastante mejor y el domingo por la mañana me fui con Jose Portales a equipar a quintos. Entre esa tarde y el dia siguiente ya estaban los diablillos jugando al corro a mi alrededor babeando, pensando en lo rica que estaría mi alma.
En fin, esta tarde pasé un rato por Pereruela para moverme un poco y recordar la zona del sector final, el cual estoy dibujando. También no pude evitar la tentación de meterme en la cueva “la chimenea del diablo”, que Jose me había explicado donde estaba, que la había encontrado el otro día. Poco a poco con Inma, fuimos adentrándonos. Cuando llegamos al estrechamiento no pude contenerme y me metí. Tenía que saber que aquello continuaba y así es. Un destrepe después de arrastrarme un poquinín y estaba en otra sala bastante grande. Y el tema sigue, no hay una verdadera continuidad pues en algunos tramos hay que salirse un poco afuewra para retomar el recorrido, pero pude comprobar que la cosa seguía. Os aseguro que asombra pensar en lo que hay ahí debajo. Un día iremos a probar a ver hasta donde llegamos.

