Archivos para julio, 2009

Integral de Peuterey

Publicado: 10 julio, 2009 en Escalada

            En esta mi
primera salida a los Alpes elegimos un objetivo nada modesto, la Integral de Peuterey. Era
difícil encontrar cuatro días de buen tiempo pero tuvimos suerte. Fuimos en
total cinco zamoranos de los cuales Jesús, Fernando y yo íbamos a hacer la interminable
arista; paco y Lucía subirían por la ruta normal.

            Al llegar lo
primero fue el camping y lo segundo mirar el tiempo. Teníamos tres días y medio
de buen tiempo; el viernes por la tarde entraba tormenta, no había tiempo que
perder. Decidimos salir al día siguiente hacia el refugio Borelli en Italia.


            Para llegar a
dicho refugio a los pies de la Aiguille
Noire tuvimos que pasar por una ferrata de lo mas aérea. Al
llegar a él todavía había niebla en las alturas dejándonos ver solamente la
punta gamba, la primera aguja y la única que no se escala.

            Salimos por la
mañana y empezamos a escalar a las 6
a.m. A Fernando se le olvidó el casco en el refugio… ya
no había tiempo para volver a por él, pero os diré que tuvo suerte y sólo le
“silbaron” al lado de la cara. Al principio la escalada en ensamble es sencilla
y a partir de la punta bífida empieza a complicarse. Transcurrimos así todo el
día con el ritmo lento de una cordada de tres llegando a dormir a la cima de la
punta Brendel, cuando deberíamos haber llegado hasta la antecima en la punta
Bich. Era nuestro primer retraso.

A la mañana siguiente partimos de nuestro
vivac cinco estrellas y atacamos la punta Ottoz, que tiene las mayores
dificultades pero sobre la mejor roca, haciendo la escalada más agradable y
entretenida. Después de una larga jornada llegamos a la cima de la Noire, con su virgen
agujereada por la potencia de los rayos.

 Por fin nos quitamos los gatos y las
rozaduras de los hombros causadas por la mochila desaparecen. Nos ponemos las
botas y empezamos los doce rápeles. Eran un tinglado de clavos y
cintas/cordinos viejos, con uno colgado en una chimenea horrible, y varios en
lo que sería una pista de bolos. La línea podía haber ido por un sitio mejor…

            Al llegar abajo
era tarde pero nuestra prioridad era encontrar agua. Justo abajo, en la canal
de tierra y piedras sueltas, caían por la pared varios chorros de agua de
deshielo donde rellenamos las botellas y saciamos nuestra sed… ¡joder que sed!

            Escalamos de
noche hasta el pie de la primera dama inglesa donde encontramos un vivac de
piedras que aplanamos todo lo que pudimos.

            Amaneció otro
gran día soleado; estábamos al pie de la primera aguja inglesa. Escalamos hasta
llegar al collado de ésta y en dos tiradas por la arista nos pusimos casi en la
cima a punto de rapelarla. Los rápeles en esta zona son bastante incómodos
debido a la gran cantidad de roca suelta y a la facilidad de enganche por parte
de las cuerdas. De hecho en el primero se nos quedó enganchada y a base de
tirar de ella saltó, junto con unos grandes bloques, uno de los cuales me hizo
un corte superficial en la nuca. La noche anterior ya había recibido un pedrolo
vía aérea en el casco. En el siguiente rápel también se nos enganchó pero esta
vez bien enganchada… cuatro enganches tuvimos en total en toda esta odisea.
Llegamos, rodeando la siguiente punta, a donde empezaría la travesía del Cráveri.
Fue una pena no verlo ya que quedaba más a la derecha, hacia el glaciar de la Brenva.


            Ya habíamos
suplido el tramo que no habíamos hecho el día anterior y todavía quedaba mucho
por delante ya que el objetivo era llegar al collado de Peuterey. Hacemos la
travesía y subimos hasta coger un corredor a la derecha del Schneider. En
numerosas ocasiones nos preguntamos si vamos bien ya que esta canal es de lo
peor que has podido conocer, toda llena de tierra suelta y piedras (Jesús tiró
una placa de 2 x 2), muy delicada la escalada, tirando piedras por doquier… Por
fin salimos de allí a la arista y recorremos toda la cara este de la Brenva, bordeando la punta
Gugliermina, buscando la tercera cresta rocosa. La alcanzamos y subimos tan
rápidos como el coyote de la
Warner hasta la cresta cimera, pasando antes por un pequeño
rápel para acceder a la arista de nieve. Ésta se empina lo suyo hasta coronar
la cima. Se destrepa la pequeña parte rocosa y llegas al famoso filo de nieve
en forma de cuchillo que separa ambas cumbres. Precioso y delicado a la vez.

 

Pasamos al otro lado y nos dispusimos a
hacer los tres rápeles para descender al collado de Peuterey ya de noche.
Gracias a que llevábamos a otros delante pudimos encontrar el “cuarto” rápel no
descrito en la guía (o nosotros hicimos alguno más corto, no sé). La cosa es
que salvamos la rimaya, llegamos a la parte plana del collado, y tallamos un cuadrado
en la nieve para vivaquear. ¡Qué noche más fría!, mi saco hiperligero de 750gr
no me había dado problemas hasta entonces, pero aunque dormí como un bebe
recién tomada la teta hasta una hora antes de despertarnos, os aseguro que
tirité toda la noche.

 

            Salimos algo
antes de las 6; el cuscús de la noche anterior se repite; expulsamos demás
gases… pasamos la rimaya y encontramos lo que parece ser el principio del
camino para subir por el pilar del Angle, ya que el corredor Eccles no está
formado.

            Un primer paso
algo salvaje y con verglass que superamos acerando como campeones y una
diagonal ascendente, nos dejan en la cresta. La remontamos hasta arriba, hoy ya
haciendo paradas cada poco para comer y beber y así intentar evitar las pájaras
de días anteriores. Llegamos a la parte de arriba del pilar, rodeamos el
gendarme ya con los crampones puestos, tuvimos un pequeño enrisque que
solucionamos pronto, rellenamos algo de agua en unos pequeños chorros… éste fue
el momento que habíamos estado temiendo todo el viaje ya que entró el palomo y
nos dejó todo el marrón. Pero ya estábamos en la huella de la arista cimera.

            Así que con la
niebla subimos por la arista. A mi me costó especialmente ya que lo mío es la
roca y esto del hielo no lo practico lo que debiera, pero pasito a pasito íbamos
avanzando. La nieve estaba hecha papilla, los peldaños se nos venían abajo,
caían pequeñas avalanchas a ambos lados de la arista, y poco a poco nos íbamos
desfondando. El borde superior del Mont Blanc de Courmayer parecía que no
llegaba nunca y Fernando y yo cada cinco pasos teníamos que parar o el corazón
parecía que nos iba a explotar. Jesús, más fresco, se puso en cabeza en el
tramo final y por fin salimos de allí. La cara norte estaba mucho mejor que la
sur, con claros y un calor extrañamente anormal. La felicidad me inundó,
primero por haber salido de ese infierno que me había estado consumiendo y
luego por la sensación de tranquilidad y de cómo  no, ver la cima del Mont Blanc a poca
distancia y ya sin mayores dificultades para llegar a él.

            Nos metemos el
último gel de carbohidratos y avanzamos hacia la cumbre. En llano y bajada,
como motos, pero en cuanto había la más mínima pendiente teníamos que para cada
poco y sentarnos en la nieve a reposar… era de coña.

 

 

Por fin llegamos a la cumbre, nosotros
totalmente solos, nadie más de allí al Gouter. Lo habíamos conseguido después
de cuatro días de escalar 15, 16 o 17 horas en alguna ocasión, durmiendo cuatro
horitas, comiendo tres barritas y unos pocos frutos secos por día, con una
ración pequeña de cuscús por las noches y algún té. Eso sin contar la
aproximación al refugio Borelli y que todavía teníamos que bajar hasta el
Gouter en busca de nuestra merecida cena, y un día más para bajar hasta el tren
de cremallera.

            En definitiva,
una gran alegría que no había experimentado jamás en montaña, con los dedos
gordos algo dormidos y magullados por el agua que me entró en las botas, pero
algo épico. Ahora habrá que fijarse en algo de menos días de actividad jejejje,
que esto es una paliza, y hasta entonces volver a la deportiva y el boulder.

 

            Felicitar a Paco
que subió a la cumbre y a Lucía que en un gran esfuerzo logró alcanzar el
Vallot.

Anuncios

Buenos tiempos

Publicado: 9 julio, 2009 en Escalada

                             

 

 

   

 

 

    Pronto acabará el trabajo en el Escorial. Mi pequeño legado a esta grandiosa zona que me ha convertido en el matao que soy ahora, está a punto de terminar. Mi regalo a los 7 años de buenos amigos, buenos ratos y buenas escaladas… Todo gracias a Davilo, mis ansiosos y resto de amigos. Un fuerte abrazo a todos